Todo el Folklore Argentino|30 agosto , 2016
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El ave que pagó cara su soberbia 

El ave que pagó cara su soberbia

La vida de estas aves es muy curiosa. Viven en grandes colonias que mas que colonias son ciudades, con sus senderos como canes, por donde van y vienen hacia el mar en busca de alimento. Al andar se balancean como péndulos, haciendo pasos cortos, y si se los apura se enredan y caen.
Buscan compañera y cuando la eligen, es para toda la vida y dice la leyenda que cuando uno de ellos muere el otro toma el Camino del mar y se interna sin regreso. En estas grandes aglomeraciones de pingüinos, cada uno sabe donde se halla su nido y nunca se equivoca, si lo hace, es corrido por los otros pingüinos después de una buena paliza para que escarmiente. Porque se piensa que es un ladronzuelo que anda detrás de huevos. Los malvinenses, en cierta época del año hacen su recorrida por las colonias y se llevan todos los huevos que pueden pues lo consideran un gran alimento.
El pingüino es un ave simpática. Le llaman también pájaro bobo. Será porque en fila india, si el primero tropieza y cae, lo hacen todos en la misma forma.
La leyenda dice que, “hace muchísimos años el pingüino poseía grandes alas, con las cuales podía volar libremente a grandes alturas. Subía y bajaba por el espacio con velocidad increíble y se posaba en los árboles cerca de los ríos o el mar, Desde allí observaba con disimulado desprecio a los peces, a los que consideraba seres inferiores, seguramente ignorando que la vida en el planeta había comenzado precisamente en el mar”.
El pingüino es un ave palmípeda oceánica incapaz de volar, alas reducidas, en forma de aleta. Se alimenta de pequeños crustáceos y otros animales marinos. Nidifica en grandes colonias y pone uno o dos huevos. Tiene una cabeza negra con una Banda blanca hasta el cuello, pico negro con una mancha roja en la base. Es típica de la Tierra del Fuego, costa patagónica y las Malvinas.
Pero continuemos con el relato, cuenta la leyenda, que tanto despreciaba a los peces, que no solo se alimentaba con ellos, sino que llegaba incluso a matarlos con su fuerte pico cuando no tenia hambre, solo por el puro placer de hacerlo porque si. Dios, que desde su trono todo lo veía, decidió entonces condenarlo, pero no a dejar de ser ave, sino a que, siéndolo, no pudiese volar; además, a vivir la mayor parte de su vida en las frías aguas de las regiones australes.
Así fue como al pingüino se le acortaron las alas, que ya jamás volvieron a servir para volar, y tuvo que aprender a nadar como los peces a los que tanto había despreciado en su libre vida anterior”.

FUENTE”Aves argen­tinas y sus leyendas”de Carlos Villafuerte